La educación es la única arma para combatir las injusticias, las desigualdades y la discriminación

domingo, 13 de septiembre de 2020

DÍA MUNDIAL DE LA ALFABETIZACIÓN

 

ALFABETIZAR ES LA HABILIDAD DE LEER EL MUNDO

 

 El 8 de Septiembre se celebra el Día Internacional de la Alfabetización, una fecha marcada en el calendario mundial, para recordar la importancia de la alfabetización y los beneficios que trae a personas, comunidades y sociedades en general.

En cuanto a género se refiere, el analfabetismo afecta en mayor medida a las mujeres que a los hombres, igualmente existen diferencias marcadas según las regiones autónomas. En este sentido, Melilla lidera la lista con un 3,7% de analfabetos, seguida de Ceuta, con un 3,6%.

Desde la Asociación Digmun somos conscientes de la importancia de la alfabetización como herramienta de empoderamiento para lograr una sociedad más inclusiva, participativa y comprometida. Por este motivo, llevamos 15 años implicados en esta labor, dedicando tiempo y esfuerzo en alfabetizar a más de 100 mujeres cada año, quedando muchas de ellas en lista de espera debido a la falta de recursos, tanto humanos como materiales.

 Son muchas las mujeres que en  Ceuta  sufren estas carencias educativas y que les lleva a una marginación en perjuicio de su adaptación al entorno social donde viven y trabajan. Se sienten doblemente discriminadas, por ser analfabetas y por el desconocimiento de la lengua castellana.

 Alfabetizar y enseñar la lengua se convierten en el objetivo fundamental de nuestra práctica docente, con el fin de que sean capaces de desenvolverse en su actividad diaria, puedan colaborar en las tareas educativas de sus hijos y, sobre todo, que adquieran las competencias adecuadas en lecto-escritura para que realicen el trabajo sin dificultad. La mayoría de ellas trabajan en el Servicio Doméstico y necesitan un conocimiento de la lengua oral y escrita para comunicarse en el ámbito profesional y para dignificar y mejorar su calidad de vida.

 Si partimos de que alfabetizar es instruir a las personas que no saben leer y escribir, Paulo Freire sostiene que la alfabetización es mucho más que eso. Él la define como “la habilidad de leer el mundo, y de continuar aprendiendo.

 Pedimos a las instituciones implicadas en el ámbito educativo y social de nuestra ciudad el apoyo y los recursos necesarios para poder desarrollar nuestra labor, y conseguir así que todas las personas analfabetas puedan tener la oportunidad de adquirir las competencias orales y escritas tan necesarias en su vida diaria ya que el progreso y el desarrollo de una ciudad se mide, en parte, por el número de analfabetos que viven en ella.

La Directora General de la Unesco, Audrey Azoulay, en el Día Internacional de la Alfabetización, dejaba estas palabras en su manifiesto:

 "En un momento en el que necesitamos reinventar un mundo de esperanza, la cuestión de la alfabetización reviste más importancia que nunca. Por ello, en este Día Internacional, invito a todos los agentes que intervienen en la educación a que redoblen sus inversiones y movilicen todos sus recursos para realizar el potencial de todas las personas al servicio de un mundo compartido".

PUBLICADO EN ELFORO DE CEUTA

https://elforodeceuta.es/alfabetizar-es-la-habilidad-de-leer-el-mundo/

miércoles, 19 de agosto de 2020

EVOCACIONES

EL OLOR ME TRANSPORTA A TRAVÉS DEL TÚNEL DEL TIEMPO. 

 Dicen que la música es capaz de trasladarte a cualquier momento vivido con anterioridad y volverlo a sentir con la misma intensidad. Para mí el olor, más que la música, es el que me transporta a través del túnel del tiempo y me lleva sin quererlo a revivir un instante de mi vida. Por eso el algodón azucarado huele a feria de Ceuta, El Heno de Pravia huele a mi infancia, los polvos de Myrurgia huelen a mi madre, y el olor a mar… el mar, sin duda alguna, huele a Ceuta.

 Cuando hace años tuve que salir de mi ciudad para vivir durante bastante tiempo fuera de ella, sólo con oler la brisa del mar, ya sentía que volvían a mí todas las sensaciones que tuve durante mi infancia y mi juventud en este lugar. Añoraba entonces, no el tiempo vivido sino el lugar en que los viví. Recordaba aquellos días en que íbamos en pandilla al cine Terramar para disfrutar en la tarde del domingo, de seis a ocho, de una película de Marisol o de Rocío Dúrcal. Cuando llegaba el verano, este cine se sustituía por el de la Terraza B del Cortijo, y allí íbamos todos con los cartuchos de pipas y las rebecas al hombro, por si acaso, en mitad de la sesión, se metía la niebla típica del mes de agosto y difuminaba el entorno haciéndonos titiritar. No sé por qué pero agosto huele a Levante y a “volaores”. Era en este mes cuando se escuchaba en muchos rincones de nuestra ciudad la voz seca de aquel hombre que año tras año, repetía siempre sin cesar: -¡ “Volaores” secos ! -¡Hay “volaores” secos !...
 El verano pasaba entre el olor a playa, al algodón de feria y a sal de los volaores, acompañados de paseos tras paseos desde el muelle España hasta la Marina. Era el disfrute veraniego, entre paseos, cine, playa y feria.



 Al finalizar septiembre las pavanas cubrían las desiertas playas avisando la llegada del otoño. Con el comienzo del curso escolar todo volvía a su calma y sin darnos cuenta se percibía el olor a frutos secos. Llegaba el uno de noviembre con la festividad de la Mochila. Todos nuestros campos, jardines, montes y playas se llenaban de jóvenes, niños y familias que con sus talegas al hombro recorrían San Amaro, Benzú, Calamocarro, El Hacho, inundándolo todo de intensos olores. Ceuta en otoño huele a pan de higo, a chirimoyas, naranjas, castañas, y al olor dulce del plátano maduro deshecho en el fondo de la talega.
 

 Cuando La Mujer Muerta se eleva majestuosamente entre el cielo azul de Benzú y tiene una nube blanca como montera, se dice que sopla el viento de Poniente. Todo es nítido y transparente. Se puede observar claramente la bahía de Algeciras, Gibraltar, La Línea, Tarifa, e incluso las montañas que adornan la Costa del Sol. Es un espectáculo sorprendente. El olor del poniente es el olor del frío del invierno. Caminábamos por el paseo de Las Palmeras y hasta allí llegaba el humo procedente del puesto de castañas asadas situado en el Puente Cristo. El olor a castañas asadas junto con el olor seco del viento de poniente es el olor que me evoca el invierno de entonces. 
 



 La primavera en Ceuta no huele a flores. Primavera es Semana Santa. La vivíamos intensamente, desde la salida de “La Pollinica”, el domingo de Ramos, hasta cuando salía el Cristo resucitado. Acompañábamos a los pasos en todo su recorrido. Recuerdo sobre todo el sonido intenso de los tambores de la legión que custodiaba El Encuentro, el griterío de los vendedores de pirulís, y sobre todo el grito estridente de aquel hombre bajito y curtido por el sol que pregonaba: -¡Hay “burgaos”! -¡Hay “burgaos”! Las calles de Ceuta en primavera olían a “burgaos”,  y al intenso olor del incienso y del cirio quemado. 
 

 Ahora cuando paseo por todos aquellos rincones y cierro los ojos para percibir nuevamente aquellos olores que impregnaban siempre la ciudad con la llegada de cada estación, apenas soy capaz de sentir ni siquiera el olor tan familiar de la brisa del mar. Los olores agradables de antaño se esfumaron y casi no se perciben, porque otros más fuertes aparecieron.

 Llegó el olor a racismo, a intolerancia, a ambición, a desidia, a pobreza, a dejadez, y a intereses políticos.
 
 

jueves, 23 de julio de 2020

COLABORACIÓN DE UN PADRE DE ACOGIDA.




  UCRANIA Y YO.    
     HÉCTOR MORENO LARA     
                       
 Nunca llegué a pensar que mi vida podría estar vinculada a otro país que no fuera el mío, pero como se suele decir, la vida da muchas vueltas. Todo empezó el día que conocimos a un niño que vino de Ucrania a pasar los meses de verano con una familia de Ceuta. Este conocimiento cambiaría mi vida (por lo menos, durante las vacaciones) y mis sentimientos que, dormidos en algunos aspectos, ahora despertaron.

  Mikola y Anastasiya llegaron a principios de diciembre. Llevábamos varios días preparando su llegada, haciendo planes, preguntándonos cómo serían, si les quedaría bien la ropa que les habíamos comprado, arreglando una habitación para ellos, comprando algunos juguetes y pensando en los sitios a los que los llevaríamos.

 Cuando llegó el día de recoger a la niña, mentiría si dijera que no estaba nervioso y ansioso por verla y bueno qué puedo decir de mi primera impresión. Cuando vi a esa niñita tan poquita cosa, envuelta en un abriguito de color amarillo, me dije que mi prioridad sería darle puchero de la abuela María, así seguro que cogería algunos kilos. Me acerqué, le dije priviet, le di un beso y cogí su manita.

  Todo este momento, la entrada en el Pabellón de Deportes de La Línea, la rueda de niños a los que mirábamos intentando reconocer por la foto que nos habían mandado quién era Anastasiya, los niños enfrente de nosotros, mirándonos, quizá asustados, quizá contentos, cansados, al igual que el resto de los padres de acogida, no dejamos de inmortalizarlo, filmando y tirando fotos.

  Con la mano de la niña entre las mías, me vi sorprendido por la cámara de una televisión local, con las preguntas de rigor: objetivos de las acogidas, en qué condiciones vienen los niños y por supuesto, la pregunta clave, ¿por qué lo hace usted?

  ¿Qué podría contestar yo a esto? Solidaridad, ayuda afectiva, ayuda económica, dolor por las condiciones en que viven miles de niños, conciencia de mis buenas condiciones de vida y deseo de compartirlas, o mejor de ofrecerlas a alguien… un cúmulo de motivos que si tuviese que concretarlos después de dos acogidas diría que lo hago por seguir viendo la cara de felicidad que cada día veía reflejada en estos dos niños a los que notaba más contentos a medida que pasaba el tiempo, el ver cómo se redondeaban sus caritas, cómo disfrutaban cuando pasábamos y parábamos en el puesto de las chuches en fin … En cada persona que acoge un niño se encierra una motivación, pero el ser artífices y partícipes de esa felicidad es algo que llevo dentro y me hace inmensamente feliz.

  Mikola vino al día siguiente, con lo puesto, un pantalón, un jersey y un abrigo que parecía la piel de un oso; le llegaba desde el cuello hasta casi los tobillos, como si el solo hecho de que una prenda te cubra todo el cuerpo te proteja del frío.

  Supe enseguida quién era, y aunque su cara reflejaba el cansancio del viaje, sus ojos expresaban una inmensa curiosidad. Enseguida me dio la mano y ya no me soltó hasta que llegamos a Ceuta.

 Durante el viaje en coche tuve que parar porque empezó a llorar y con la expresión de su cara creo que me estaba diciendo que él creía que habíamos llegado ya. El pobre niño no sabía que todavía le quedaba una hora más de viaje en barco.

  Una vez embarcados, lo saqué afuera, a la terraza, para que le diera el aire del mar. El barco se puso en marcha y agarrados a los barrotes de popa nos quedamos mirando cómo arrancaban los motores, la estela que iban dejando en el agua, no quitábamos la mirada de ella, y cuando ya, mar adentro, intenté pasar al interior del barco, fue muy grande mi sorpresa porque Mikola se había quedado clavado y no había manera de despegarlo de allí. Lo intenté y lo volví a intentar varias veces pero nada, no podía. Tuve que ir despegando sus dedos uno a uno de los barrotes y en cuanto entramos lo cogí en mis brazos y dormido en ellos hizo el resto del viaje.

  Por fin llegamos a Ceuta. En casa nos esperaban la abuela María, mi mujer, Anastasiya, un baño calentito y una sopita que comió ante nuestra atenta mirada con mucho gusto y ganas.




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