La educación es la única arma para combatir las injusticias, las desigualdades y la discriminación

jueves, 11 de marzo de 2021

50 KILOS DE DOLOR


MUJERES PORTEADORAS. 8 DE MARZO DÍA DE LA MUJER.

Yousra tiene 49 años y nació en Tetuán. Durante más de 20 años ha sido el sustento de su familia, cruzando día a día la valla de la esperanza, transportando mercancías de un lado a otro de la frontera entre Ceuta y Marruecos.

 Se levantaba al amanecer para coger el taxi que compartía con otros viajeros que buscaban la suerte del día. Allí, entre el silencio de la noche, tenía que soportar el roce de algún que otro ocupante que se acercaba más de la cuenta hasta tocar sus muslos y sus senos. El trayecto entre Tetuán y la frontera podía ser un calvario, pero nada comparable con el sufrimiento que venía después. La cola de entrada a Ceuta era más llevadera porque aún sus espaldas se encontraban ligeras de equipaje, aunque se podría convertir en una pesadilla si no llegaba a tiempo antes del paso de miles de personas, que al igual que ella, cruzaban a diario para “buscarse la vida”

A las siete de la mañana ya se encontraba Yousra en Ceuta, adquiriendo las mercancías en las naves del Tarajal y cargando a sus espaldas los fardos con todo tipo de productos. El peso de estos fardos podía llegar a ser hasta de 50 kilos y si las circunstancias eran favorables podía cruzar la frontera varias veces al día y conseguir mayores ingresos.



La mayoría de las veces, se producía un embotellamiento por la avalancha de porteadoras y la policía española las trasladaban a la playa cercana a la frontera, antes del retorno a su país, Allí se mantenía a la espera del desalojo de las llamadas “jaulas”, lugar por donde se cruzaba de un lado a otro de la frontera. En la arena de la playa, apelmazadas unas con otras, sin poderse mover, cargada de mercancías y de indignación, soportaba todo tipo de adversidades, tanto por las inclemencias del tiempo: frío y levante en invierno, y sol abrasador en verano, junto con el hambre, la sed y el esfuerzo de controlar las necesidades físicas y emocionales.

Al caer la noche, hacía el último intento de transportar los kilos que encorvaba su cuerpo, aunque en muchas ocasiones corría el riesgo de que fueran requisados por la policía marroquí y el esfuerzo y el sufrimiento de tantas horas de trabajo se quedaba sin recompensa. El dinero recaudado en el día dependía del número de portes que podía hacer, así como del peso de los fardos que cargaba. Si sufría un accidente en el lado español podía tener la suerte de ser atendida, pero si ocurría en el lado marroquí su trabajo debía continuar sin atención médica, ya que un día sin trabajo, era un día sin ingresos.

Yousra ha sufrido en todos estos años todo tipo de agresiones tanto por parte de la policía española como de la marroquí. Está encorvada y su cara llena de profundos surcos reflejan el dolor de los 50 kilos que cargaba a diario. La falta de recursos económicos y las carencias educativas por ser analfabeta y desconocer la lengua de nuestro país, la hacen más vulnerable que muchas mujeres.

  Durante veinte años su vida ha transcurrido en un ir y venir a esa frontera que le abría y cerraba las puertas a su antojo. Ella no ha oído hablar de derechos, ni de discriminación, ni de igualdad de género. Solo ha escuchado a diario los gritos de la policía y los lamentos de sus compañeras ante el maltrato que recibían. Ella no sabe que a pocos metros de esa valla, existen personas que luchan por conseguir un mundo más justo y equitativo para todas las mujeres, tanto para las de dentro, como para las de fuera de la alambrada.

Ella, sin saberlo, ha sido la pionera por denunciar ante las cámaras, cansada de tanta injusticia, la situación de precariedad laboral, de sufrimiento, de maltrato y de acoso, motivada por la impotencia al ser testigo directo de la muerte de dos de sus compañeras en una avalancha, donde fueron pisoteadas y resultaron heridas muchas de ellas.

 Un año después del cierre de la frontera, Yousra añora el sufrimiento de antaño, quisiera sentirlo de nuevo, quisiera soportar el calor, el frío, la lluvia, el viento, los empujones y las avalanchas. Quisiera volver a cargar los 50 kilos que le daba de comer a ella y a su familia, porque peor que el peso de esos kilos, es el hambre que ahora les azota.