La educación es la única arma para combatir las injusticias, las desigualdades y la discriminación

sábado, 7 de marzo de 2026

 

PARA TODAS LAS ROSAS.

8 DE MARZO




Rosa nació en un pueblo extremeño a mediados de los años 50, en pleno apogeo del régimen franquista. Era la menor y única niña de una familia de obreros. Sus tres hermanos, todos varones, asistían al colegio donde niños y niñas recibían clases en aulas distintas, separadas por una gran muralla que dividía el patio del recreo.

A Rosa le tocó vivir una época en la que se rezaba el rosario los sábados por la mañana en los colegios públicos ,mientras se cosían primorosas labores de festones y vainicas. La semana también empezaba con el rezo del Padre Nuestro después de cantar el Cara al Sol en el patio del colegio. Era una escuela donde asistían niñas de distintas edades y donde además de estudiar geografía, lengua y matemáticas, también memorizaban el catecismo y la Historia Sagrada desde Adán y Eva hasta la muerte y Resurrección de Jesucristo. Los lunes era el día de controlar quiénes de ellas habían asistido a los Santos Oficios del domingo, para hacer la comprobación , la maestra preguntaba al azar a aquellas que veía menos piadosas , el color de la casulla del sacerdote que había oficiado la misa. Si no había acierto, el castigo consistía en escribir cien veces DEBO ASISTIR A MISA LOS DOMINGOS. Los sábados además de rezar y coser recibían clases de Formación del Espíritu Nacional , asignatura obligatoria que buscaba formar a futuras esposas y a madres sumisas para darles enseñanzas del hogar, dedicación al varón, a la religión y al patriotismo.

Ella tuvo suerte porque fue una de esas niñas que su padre le permitió seguir estudiando una vez finalizada la primaria, ya que ese privilegio solo era exclusivo de los varones. La mayoría de sus compañeras dejaron sus estudios primarios, ya habían aprendido a leer y escribir y las operaciones matemáticas necesarias para que no la engañaran al hacer la compra cuando se casaran.

Los estudios de bachillerato supusieron para Rosa un cambio importante y aunque las clases seguían segregadas por sexos y la educación femenina estaba influenciada por la Sección Femenina, la entrada al instituto le permitía relacionarse con chicos e intercambiarse alguna que otra palabra y alguna que otra mirada. La hora de la Educación Física también suponía un momento propicio para divisar desde la ventana a los chicos haciendo deporte en pantalón corto y camisetas de tirantes. El uniforme era obligatorio para ambos sexos, pero estaba prohibido que las chicas usaran pantalones. Esta prohibición permitió que algunas de ellas, las más atrevidas, comenzaran a usar la minifalda que empezaba a estar de moda en esos años.

Vivir en una familia de hombres, en esa época, suponía un control muy autoritario por parte de todos los machos de la casa. Por ese motivo, quizás Rosa, fue imponiéndose a tantas normas establecidas y que solo ella tenía que cumplir. La primera revelación la hizo con la falda del uniforme. Hacía poco tiempo del triunfo de Massiel en Eurovisión y el estreno de su minifalda impactó a muchas jóvenes que aún no se habían atrevido a llevarla en España. El uso de esa prenda sirvió de herramienta para que muchas mujeres comenzaran la lucha por la igualdad de género y en contra del machismo imperante. Fue la primera transgresión de Rosa a la norma familiar, aunque eso le costó que la tacharan de pecadora y de inmoral. El atrevimiento de acortar la falda del uniforme también le supuso algunas humillaciones y en alguna ocasión tuvo que soportar como una profesora de un manotazo rompía y alargaba el dobladillo de la falda para censurar su osadía y sus vergüenzas. Esa rabia contenida ante tantas injusticias por su condición de mujer, fue la causa para interesarse por las primeras reivindicaciones feministas que empezaban a surgir a finales de los 70 tras la muerte del Generalísimo Franco.

Rosa no siguió los estudios universitarios a pesar de su insistencia. Sus inquietudes culturales y su lucha por la igualdad se truncaron de repente. Rosa se casó.

Esa era la norma estipulada para la mujer, su papel era el de ejercer de ama de casa y traer hijos al mundo. No supo entonces que vivir en la capital de España sería, en un futuro, la gran ventaja de una mujer que llevaba en su interior tanta fuerza retenida ante tantas imposiciones sufridas. Mientras ella traía hijos al mundo y mantenía la estabilidad familiar, el mundo exterior iba cambiando y las reivindicaciones feministas hacían eco en todos los foros políticos, sociales y culturales. Ya habían comenzado las primeras manifestaciones del 8 M tras la llegada de le democracia para exigir igualdad salarial y derechos laborales. Ella aún estaba atrapada en un mundo rutinario ejerciendo un rol que condicionaba sus expectativas de vida y con un marido que no solo no la comprendía sino que ejercía sobre ella una abusiva autoridad, imponiendo su papel de dueño y señor con algún grito que otro y con alguna bofetada que se escapaba al azar.

Hasta entonces el Código Civil aún establecía la obediencia al marido, la necesidad de permiso marital para trabajar, abrir cuentas bancarias o gestionar bienes. Todas aquellas mujeres que sufrían violencia por parte de sus maridos no podían salir del entorno familiar por no tener apoyo legal, familiar o social.

La aprobación de la Ley del Divorcio en 1981 supuso la válvula de escape para que Rosa se planteara salir del entorno opresor en que se encontraba. El proceso del divorcio resultaba muy difícil, exigía previamente una separación legal de larga temporada , alegar causas específicas, pérdida del hogar, impago de pensiones, falta de recursos económicos , en el caso de violencia no se podía demostrar por falta de denuncias, y sobre todo, el estigma social que se podía sufrir por considerar que una mujer divorciada era a menudo señalada de culpable o excluida socialmente.

Su participación, a escondidas , a distintas manifestaciones del 8M cambió su vida. En una de ellas conoció a varias abogadas de oficio que ayudaban a muchas mujeres acceder a la justicia gratuita para salir del infierno en que vivían. Eran mujeres feministas, pioneras en derecho de familia que buscaban la independencia económica y legal de todas esas mujeres víctimas de una rancia y dictatorial sociedad machista. Pasaron muchos años hasta que Rosa se atrevió a terminar con esa vida.

Actualmente trabaja de abogada en un sindicato y además de llevar las reivindicaciones de las mujeres en el ámbito laboral, es la responsable de la secretaria de la Mujer, asesora y defiende a todas aquellas mujeres víctimas de cualquier tipo de agresión, acoso o discriminación. Rosa encontró, por fin, su lugar en el mundo.

Con la llegada de la ultraderecha a España, ella y todas esas mujeres que lucharon por una igualdad real y que sufrieron tantas discriminaciones por razones de sexo, ven ahora amenazados esos derechos. Todos esos avances históricos que rompían con los roles tradicionales se ven amenazados. Se perciben retroceso en libertades sexuales y reproductivos , en la negación de la violencia a la mujer, en la interrupción del embarazo, en restringir la educación sexual-afectiva y el acceso de anticonceptivos. Se modificaría la ley Trans y LGTBI, la eliminación de la ley de Igualdad , de Violencia de Género , se sustituirían todas aquellos organismos e instituciones como el Observatorio de Violencia, el Instituto de la Mujer o el Ministerio de Igualdad y toda la visibilidad institucional de banderas, charlas informativas ...etc ,serían anuladas. La libertad de expresión sería censurada. Todos los avances conseguidos para que las mujeres sean consideradas con los mismos derechos que los hombres se verían mermados . Volverían a desempeñar los roles de género tradicionales , enfocados en la maternidad, en el cuidado del hogar y la sumisión al hombre.

A pesar de esto, los movimientos feministas , las organizaciones, instituciones y partidos políticos progresistas continúan movilizándose para defender y avanzar en derechos y combatir los intentos de retroceso.

Rosa sigue luchando para que sus dos hijas y otras mujeres disfruten de un mundo más justo e igualitario.

                   ALGUNAS LEYES DE IGUALDAD APROBADAS EN DEMOCRACIA

            













viernes, 13 de febrero de 2026

 

 4 DE FEBRERO DIA MUNDIAL DEL CÁNCER.

 LO QUE NO SE DICE, NO EXISTE.




Siempre se ha dicho que lo que no se dice no existe. En este caso así ha sido. Llevo mucho tiempo queriendo expresar mi descontento por la falta de recursos en Ceuta para aliviar el seguimiento y las consecuencias del cáncer infantil.

El otro día leí en la prensa una información que daba la Diputada de MdyC Fatima Hamed con motivo del Día del Cáncer. Ella declaraba sobre la importancia de la Unidad de Radioterapia en Ceuta para que los pacientes oncológicos pudieran darse el tratamiento. También añadíó que mientras esta unidad no existía se había sacado una autoenmienda en Ceuta para la fundación Ronald McDonnalds sobre el cáncer infantil por 10.000 euros.

Realmente la señora diputada lleva mucha razón en la primera declaración porque solucionar esa necesidad es de vital importancia para nuestra ciudad, ya que los pacientes de cáncer llevan desplazándose fuera de Ceuta desde hace muchos años para tener las sesiones necesarias de radioterapia y después de tanto tiempo de lucha por esa causa, aún no se ha solucionado.

En cuanto a la segunda declaración, no sé si la señora Fatima Ahmed está informada del trabajo que está haciendo la fundación Mcdonalds con los menores oncológicos de Ceuta. No creo que 10.000 euros sirvan para crear una unidad de Radioterapia, ya que supongo que se necesita mucho más para poner en marcha su funcionamiento . La donación a la casa Ronald es de gran importancia porque acoge a niños desplazados de nuestra ciudad y que sufren graves enfermedades que les impide residir en su domicilio habitual durante larga temporada. Ambas aportaciones se pueden llevar a cabo por parte de las instituciones competentes sin tener que ser excluyentes, ya que como sabrá la señora Fatima Ahmed, porque se aprueban en pleno, son muchas las subvenciones que da la ciudad a distintos organismos, instituciones, colectivos, asociaciones y ONG sin saber exactamente, en algunos caso, si los fines a los que se destina el dinero están realmente justificados para el bien de la ciudadanía. Mientras que en este caso, hay pruebas fiables de que el dinero repercute en niños enfermos desplazados de Ceuta y de otras ciudades.

Hace dos años le diagnosticaron a mi nieto de seis años un cáncer y gracias a la rápida intervención de una pediatra del Hospital Universitario de Ceuta, pudo ser evacuado y trasladado al hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Asumir y asimilar el sufrimiento que viene después de este diagnóstico costó mucho a toda la familia y aún más al propio afectado, pero además hay que aceptar las consecuencias de esta larga enfermedad. Tuvimos que afrontar otra sería de inconvenientes como la situación de vulnerabilidad de la madre, la atención de las hermanas o la falta de recursos económicos de la familia. Si a todo esto le añadimos que cuando el enfermo termina cada ciclo de quimioterapia no puede desplazarse a Ceuta por los inconvenientes de nuestra ciudad en cuanto a medios de transportes y falta de oncólogos infantiles, los problemas se agravan aún más.

Por recomendación del oncólogo de Sevilla, no es conveniente que en la semana de descanso se desplacen estos enfermos debido a los efectos secundarios que pueden surgir tras el tratamiento de quimio,como fiebre, vómitos, diarreas...etc , en este caso, el niño debe ingresar urgentemente en el hospital. Ceuta no es la ciudad más adecuada y tiene demasiados inconvenientes para afrontar con seguridad la atención al menor. La mayoría de los niños con cáncer ingresados en el Virgen del Rocío son de Andalucía y de Ceuta. En el caso de residir en una ciudad andaluza los inconvenientes no son los mismos. En cualquier momento pueden desplazarse desde su ciudad de origen al hospital si la enfermedad se agrava, sin tener que enfrentarse a unos horarios de barcos, a un temporal que impida su salida o a una falta de profesional sanitario especializado.

Tras numerosas gestiones de búsqueda con distintas asociaciones y ONG para encontrar un lugar y hospedar a la madre y al niño cuando el ciclo termina, solo nos quedó buscar una habitación de alquiler o dormir en un hotel. En ambos casos se requiere un desembolso económico muy grande y muy largo que la familia no puede asumir mientras llegan los recursos.

Entre tantos inconvenientes, tuvimos la suerte que se acababa de inaugurar la Fundación Ronald MacDonal,s en Sevilla. La rápida acogida de esta fundación nos salvó ,en parte, de uno más de los problemas a los que nos habíamos enfrentado con la llegada del cáncer. Allí las familias disponen de habitaciones individuales con baño incluido, un salón comedor con cocina equipada con todos los utensilios necesarios para cocinar,una ludoteca, gimnasio, lavandería, biblioteca, sala de informática y todos aquellos recursos materiales para que tanto los niños como sus acompañantes se sientan como en su propia casa y no perciban la soledad y la ausencia de su propio hogar. Además de estos recursos materiales tan necesarios, existe un servicio de voluntariado diario que realiza distintas actividades lúdicas, educativas o deportivas con estos menores, haciendo que se olviden, en algunos momentos, del sufrimiento de la enfermedad y no echen de menos el entorno familiar, su centro educativo o sus amigos

Después de varios meses de tranquilidad ya pensábamos que nos habíamos librado de esta pesadilla, pero el cáncer ha aparecido de nuevo y por desgracia, han comenzado otra vez las pruebas, los análisis, las sesiones de quimio y las idas y venidas al Virgen del Rocío. Nuevamente la casa Ronald MacDonald nos ha abierto sus puertas y ha acogido a la madre y al hijo poniendo a su disposición todos los recursos que disponen para hacer más grata la estancia en estos difíciles momentos. Hace unos días sufrimos el cierre del servicio marítimo por los distintos temporales que azotaron nuestra ciudad. En esos momentos ellos se encontraban ingresados en el hospital y posteriormente le dieron un permiso para disfrutar unos días con sus hermanas y con el resto de la familia. Al no poder cruzar el estrecho tuvieron que permanecer varios días en la casa Ronald, donde pudieron disfrutar de un ambiente acogedor y de todas las actividades ofrecidas por los voluntarios para hacer más grata la espera.

Tengo que agradecer además de la casa Ronald, a todo el equipo sanitario, laboral y administrativo del hospital oncológico infantil Virgen del Rocío , al servicio de ambulancias de Ceuta, a los pediatras del hospital Universitario que hacen lo que pueden, a la anterior delegada Cristina Pérez por su sensibilidad con los enfermos de cáncer, al CEIP Valle Inclán por el apoyo educativo y humano que le dan a la familia, a Adela Nieto , Directora de Asuntos Sociales por su interés en la búsqueda de recursos y a la Asociación de Enfermos de Cáncer por las atenciones recibidas

Son muchas las carencias que tiene nuestra ciudad para asumir este mal , empezando por la necesidad de un oncólogo infantil para atender a los menores en situación de riesgo cuando la enfermedad lo requiere o un servicio de ambulancia con más agilidad para que la evacuación no esté sujeto a tantos trámites burocráticos.

La aportación de recursos humanos y materiales, junto con la colaboración, el apoyo y el cariño son factores de gran importancia para paliar el sufrimiento de estos niños, para afrontar la enfermedad y para hacer más llevadero el largo camino que tienen que recorrer. La atención a enfermos de cáncer no puede estar sujeto a intereses políticos, ideológicos o religiosos, sólo necesita grandes profesionales y mucho apoyo para combatirlo.


Este artículo fue publicado en el Faro de Ceuta el 14 de febrero de 2026

https://elfarodeceuta.es/dia-cancer-lo-que-no-se-dice-no-existe/

domingo, 16 de noviembre de 2025

 

VILLA JOVITA, MI ANTIGUO BARRIO.


   Mi madre saliendo de mi casa nueva recién construida, la calle aún sin asfaltar.

Mi madre siempre me contaba que cumplí los cuatro años en la casa nueva de Villa Jovita. Nos mudamos un 18 de julio, un poco antes de mi cumpleaños y fiesta nacional en España. Era día de gira playera, como se decía entonces. Ese año no pudimos ir a pasar el día a la playa del Bar Asturias, donde íbamos todos los años cargados de sábanas que hacían de sombrajo. La sandía, la casera y el vino tinto no podían faltar, y se enfriaban entre las piedras de la orilla del mar, aunque a veces, las olas de levante se llevaba la sandía mar a dentro y había que cogerla ya destrozada y con sabor a sal. Ese día tocó mudanza, pero también lo celebramos entre cajas, maletas y bultos que se apilaban en ese gran patio que sería nuestro lugar de diversión, de descanso y de celebraciones durante muchos años.

La casa nueva supuso para toda mi familia, un verdadero palacio comparada con la pequeña casa alquilada de terrones. Disponíamos de más habitaciones, tenía también dos patios, uno muy grande,y otro pequeño, una gran azotea desde donde se divisaba parte de las Murallas Merinidas y parte de la montaña de García Aldave. Allí también hicieron mis hermanos algunos guateques para festejar cumpleaños, tomábamos el sol en verano y espiábamos el vecindario en momentos de hastío

Villa Jovita era un barrio tranquilo y pequeño, con casas de planta baja, la mayoría con azotea y patio. Lo formaba tres calles paralelas y otras perpendiculares ,que desembocaban en un gran llano, ubicado ahora el Instituto Almina, allí sobresalían dos grandes lomas en el centro, sin apenas vegetación, y a la izquierda, se situaban las Murallas que separaba nuestro barrio con el Mixto. Al otro lado, se extendía la huerta de José donde se encontraba el arroyo de Bacalao que limitaba con la barriada de Varela. El llano servía de lugar de encuentros y juegos entre niños del mixto y Villa Jovita y allí se desarrollaban las disputas pandilleras de ambos barrios, para decidir territorios, amores y liderazgos-


Mis amigas, mi hermana y yo en las Murallas Merinidas.

No era difícil hacer amigas en mi barrio porque las puertas de las casas solían tener una cuerda que se unía al pestillo y sólo con tirar de ella ya podíamos entrar sin dificultad. Esto facilitaba que todos los niños y niñas estuvieran siempre jugando en los portales, en las aceras o en la calle. No había que llamar a ninguna puerta, ni pedir llave a nuestros padres, el acceso a la casa estaba asegurado. No sé si en esa época no robaban tanto, o es que se tenia la seguridad y confianza que sólo los miembros de la familia osarían a tirar de la cuerda para entrar.

Apenas había coches en mi barrio que impidieran jugar al rescate, al escondite, a las cuatro esquinas, a la comba, al piso, al balón tiro, o tirarnos en bicicleta o patines desde el principio al final de la calle principal, con el único peligro de sollarnos la piel al caer en el duro cemento del suelo. En esa calle se mezclaban las pandillas sin edades y se organizaban los juegos encabezados por los líderes, mientras se oía de fondo la música de los Beatles que salía de casa de Miguel Ángel ,Milán, como le llamábamos, que era el único que disponía de una enorme colección de música de los grupos más internacionales. Él nunca participaba en nuestros juegos, hacía experimentos en su casa, pero dejaba la ventana abierta para compartir con nosotros sus extrañas aficiones. Esto ocurría al salir del colegio, entonces la calle se convertía en el lugar de encuentro de los grupos del barrio. Se formaban por edades , y allí estaban los mayores que se aislaban en otra esquina para escuchar a los Bravos, Fórmula V o a los cantantes del momento, en un tocadisco portátil que se transportaba de una calle a otra. El sonido de la música hacía vibrar los corazones e incitaba a los primeros besos y caricias. Nosotras, las más pequeñas, en otras aceras ,colocábamos algunos objetos en desusos para formar una tienda y vender todo a una gorda o a un perra chica. Los intercambios de cromos, de estampas de Marisol , los puestos de TBO o jugar con las mariquitinas eran otras de nuestras diversiones diarias, pero a mí lo que más me gustaba era jugar a las peluquerías. Nos poníamos en la acera, frente a mi casa ,y cada una de nosotras aportaba lo que podía rapiñar de su propia vivienda. Los peines, cepillos, rulos, colonia y botes de agua formaban nuestra peluquería, y los más pequeños eran los clientes a los que nuevamente les cobrábamos alguna moneda. A mi madre no le gustaba que yo jugara a la peluquería porque decía que había muchos piojos en el barrio y que ese juego propiciaba el contagio entre nosotras. Razón tenía de sobra porque en más de una ocasión los piojos inundaron mi rubia melena y la de mis hermanos, y a falta de remedio farmacéutico, ella preparaba un mejunje formado por alcohol y los huesos de chirimoya, que después de dejar macerar una semana, colaba y embadurnaba nuestra cabeza. Estoy segura que los piojos morían al instante porque el picor y el escozor que yo sentía hacía presagiar que allí ya no existían bichos vivientes.


Día de Reyes. Juan Antonio y Carmen Mancilla, Juanito y Jose Luis Jurado y Maribel Lorente.

Sólo una televisión había en mi barrio. El aparato que estaba causando furor en los sesenta no estaba al alcance de la mayoría de las familias que eran de clase obrera, se contentaban con escuchar la radio y entretenerse con las noticias o con las radionovelas Recuerdo las tardes , a la salida del colegio, cuando llegaba a mi casa , la primera imagen al abrir la puerta era la de mi madre sentada cosiendo con la máquina Sigma y de fondo el sonido de las voces de la eterna novela Yo amo a un Canalla de Guillermo Gautier Casaseca y los diálogos apasionados de Pedro Pablo Ayuso y Matilde Conesa, que se interrumpían solo cuando el anuncio del Colacao hacía su aparición y era, entonces , el momento en que mi madre me permitía hablar para pedirle permiso y salir a la calle, entonces disfrutaba de mis juegos, una vez que la merienda rutinaria, formada por el pan con el chocolate Maruja había sido ingerido en su presencia.



A la llegada de invierno la calle se impregnaba con el olor de los braseros de picón que la abuela de Carmen Mancilla ponía en la acera para preparar el calor de la casa. En una de esas tardes de poniente frío, estábamos jugando cerca del brasero y una ráfaga de viento llevó el fuego hasta el vestido de mi amiga Antoñita que intentó sacudir las llamas con sus manos y con sus gritos .Las vecinas salieron en su auxilio y liada en una manta fue trasladada al antiguo hospital de la Cruz Roja. Recuerdo que mi madre me llevó a visitarla, ante tanta insistencia por mi parte. Al verla , caí en redondo y me desmayé, no sé si de la impresión de su imagen vendada e inmóvil o de aquellos olores a hospital que nunca antes había percibido. 

El frío nos espantaba de la calle y nos refugiábamos en la casa de Isabelita la de Asencio porque era la única que tenía televisión en el barrio, no sé si era la familia más pudiente de todos o la más ahorradora, teniendo en cuenta que nos cobraba dos reales la entrada para poder disfrutar los sábados de la serie de Bonanza o la de Viaje al Fondo del Mar, donde el almirante Nelson nos tenía en vilo toda la tarde del sábado. Era obligatorio llevar los bancos e Isabelita nos colocaba muy ordenadamente por estatura, los bajitos y pequeños delante y los altos y grandes detrás. Para acompañar la sesión nos vendía también en verano, polos de fabricación casera, igual era la única que contaba con una nevera. En invierno comprábamos los garbanzos tostados y pipas de calabaza que vendía la madre de Nieves Viaga, en un pequeño habitáculo de su casa y nos los servía en cucuruchos de papel de estraza. Las tardes de los sábados eran divertidas y compartíamos el mismo espacio sin distinción de edad ni de aficiones cinematográficas, solo cuando aparecían los dos rombos en la pantalla ya sabíamos que nuestra sesión de cine había terminado y había que volver a casa.

Mariceli López y yo en el patio de mi casa con el nuevo tocadisco portátil.

La calle y la televisión no eran nuestros únicos entretenimientos. Estaba la huerta de José, el padre de mi amiga Antoñita. Los terrenos de esa huerta eran de la señora Jovita, pero José se encargaba de cuidarlos y de vigilarlos, de ahí el nombre que le dábamos a la huerta al referirnos a ella. Era un verdadero paraíso para nuestros juegos al aire libre. Frondosos árboles de naranjas, limones, higueras y vegetación variada poblaban el terreno junto con un arroyo de aguas cristalinas donde habitaban las ranas y los renacuajos. Allí jugábamos a los campamentos de indios y americanos y siempre Mariquita, que era la mayor, ejercía de jefa de la tribu. Hacíamos colchones de vinagretas después de darnos un atracón por chupar sus tallos que en ocasiones nos daban grandes dolores de tripa. Pescar ranas y sus crías y meterlas en un tarro se convertía en una gran distracción porque ganaba la que más bichos capturaba. Algunas veces se oía una voz de alarma gritando que venía José y había que desaparecer. Era su propia hija, la primera en salir huyendo para no ser descubierta por su padre, y en esas ocasiones para asegurarse de que no había sido identificada entre todas nosotras, se venía a mi casa y se cambiaba de ropa. No sé si el padre la descubrió alguna vez, o se hacía el olvidadizo para no castigarla.

La iglesia de San Juan de Dios también formó parte de nuestras vidas, durante toda nuestra infancia y adolescencia. Fue el lugar de encuentros, de amores y de amigos. Allí se organizaban los bailes, representábamos las obras de teatro y los belenes vivientes organizados por mi hermano, que también acompañaba al coro con el órgano de la parroquia que aprendió a tocar solo, aprovechando momentos en que la iglesia se quedaba vacía, También tocaba la guitarra que con el paso del tiempo pudo adquirir con gran esfuerzo, sustituyendo a la primera que se confeccionó con una rama de palmeras y seis tanzas. El cura don José Béjar y don Antonio también nos llevaban  de excursión a la playa de Beliones, cerca de la Mujer Muerta y allí tuve la ocasión de conocer la famosa isla del Perejil. 

Los sábados organizábamos bailes en los bajos de la parroquia y era el momento más deseado de algunos de nosotros. Era la ocasión de acercarnos un poco más a nuestra pareja cuando la música rápida se detenía y sonaban los Módulos o Camilo Sexto. Los curas, siempre presente, se encargaban de fiscalizar y controlar si el contacto en el baile se excedía o si la música inducía a algo más atrevido. La parroquia unió a los niños de los barrios cercanos y allí entre rezos, misas, ejercicios espirituales y bailes, despertamos a la vida. Algunos de nosotros iniciaron sus primeras relaciones de pareja, que en algunos casos, aún perduran.


Belén Viviente en el llano de la parroquia San Juan de Dios

La llegada del verano olía a volaores y a algodón de feria y despertaban nuestros sentidos a toda la magia que nos ofrecía la nueva estación. Disfrutar de las mañanas de playa nos invitaba a contactar con nuevas pandillas, que bajaban a la playa Benítez para tumbarse en la arena y sumergirse en las frías aguas del mar. Algunas de nosotras no contaban con el permiso materno para bañarse al finalizar el colegio, porque había madres más piadosas que otras, que decían que hasta que la Virgen del Carmen no bendijera las aguas, corríamos el peligro de ahogarnos. Con la toalla al hombro y el peine bajábamos a la playa todas las mañanas y en ocasiones, llevábamos la cámara de un neumático del taller de Pepita Fernández, y  que hacía más de juego que de flotador dentro del agua. Nadábamos hasta una gran roca, ya desaparecida por el espigón de San Pablo, que llamábamos la Isla, pero la proeza más dificultosa era llegar buceando a las Mellizas, dos rocas que por su cercanía y similitud, bautizamos con ese nombre. No existían para nosotras bronceadores, ni sombrillas, ni sillas plegables, solo las piedras y los cristales de colores que nos servían de colchón. Entre juegos , risas y baños pasábamos la mañana. Volvíamos a las dos a casa con la piel quemaba por el contacto del sol y la sal, y con los pies manchados de alquitrán.

En esos años empezaban a fraguarse las primeras asociaciones de vecinos, que estaban muy lejos de ser reivindicativas y de lucha por las libertades, debido a la censura franquista del momento. Se dedicaban más a las actividades culturales y a la elección de mises de las barriadas para la feria de agosto. Villa Jovita no recuerdo que tuviera asociación de vecinos, pero sí que el Centro Parroquial Recreativo y Cultural del barrio hacía sus funciones, aunque era un centro privado. Mi padre nunca fue socio del mismo, no sé si por nuestro bajo nivel adquisitivo,  o porque nunca le interesó ese tema. Los padres de mis amigas eran casi todos socios, por lo que yo me colaba con ellas en la llegada de los Reyes Magos o en la representación de alguna obra de teatro. La verdad es que recuerdo que entraba con mucho miedo, pensando que me iban a descubrir cometiendo un peligroso delito. El mismo centro tenía una caseta en la playa Basurco que nos permitía, en ocasiones, una ducha antes de llegar a casa. La mayoría de las veces volvía de la playa sin ducharme temiendo que Bartolo, el conserje, me descubriera como intrusa y me echara de allí, delante de todos. Mi clandestinidad en el centro parroquial dejó de serlo por fin,  cuando mi hermano comenzó a dirigir y representar obras de teatro junto con Maruja Cabillas, madre de Nieves y María José Lesmes, y ese parentesco, junto con un papel secundario que me daba en algunas ocasiones, me abrieron las puertas con libertad y sin miedos  a las actividades del barrio.

Hasta los 21 años viví en mi barrio, el lugar donde aprendí el valor de la amistad, donde hice amigas que aún perduran, donde me abrí a la vida y al amor. Cuando abandoné mi barrio, no supe entonces, que muchos años después, el destino me llevaría de nuevo a la casa de mi infancia y juventud. Descubrí que el paso del tiempo había destruido muchas de esas antiguas viviendas y se habían convertido en altos edificios, los coches invadían calles y aceras, y la mayoría de nuestros mayores habían desaparecido. Ya no había niños jugando en las aceras, ni existía la huerta de José y el ruido de las televisiones envolvía el ambiente, ya mi barrio no olía a pestiños navideños, a dulce garrapiñada, a brasero de cisco, o a garbanzos tostados. Mi barrio olía a nostalgia del tiempo pasado.

las niñas de villa jovita en el club yeyé

Reme Acosta, Mariceli Sánchez, Isa Acosta,

Antoñita Medina, Carmencita Sánchez, ,Pepita Fernández

 MCarmen Alcántara, Mariló Cantero, Maribel Lorente, 

Pepita Villada




viernes, 4 de julio de 2025

 48 AÑOS EN LA VIDA DE UNA MAESTRA.1977-2025

Este es el año de mi jubilación , después de 48 años trabajando como maestra, he llegado al final del camino. Son muchos los colegios donde ejercí, muchos los alumnos y alumnas que traté y muchas las experiencias que viví. Estas vivencias aportaron a mi vida momentos mágicos y placenteros. Escribí estos recuerdos para plasmar en unas líneas algunos de esos momentos y para no olvidar nunca todo lo que esta profesión me ofreció.





Resumir 48 años de mi vida, como maestra, en algunas líneas, va a ser difícil, pero comenzaré por el principio.

Nunca pensé que por una casualidad de la vida, yo llegaría a ser maestra, pero maestra de verdad, en todo el sentido de la palabra y además durante 48 años. Yo quería ser enfermera pero el día que me iba a examinar para ingresar en la Escuela de enfermería de Málaga, amanecí con vómitos y mis planes se frustraron , así que decidí, mejor dicho, decidió mi padre que yo tenía que hacer magisterio como mi hermano,  y así me quedaría en Ceuta y se evitarían gastos. 

Terminé la carrera en el año 1976, un año después de la muerte de Franco, así que tenía esperanza de ser, en un futuro , una maestra con más libertad pedagógica de la que había vivido como alumna. Me especialicé en Lengua Castellana y Filología francesa. No supe en ese momento, que esa especialidad de francés me facilitaría, con el tiempo, acceder a las plazas del exterior para dar clase en otro país y disfrutar de uno de los mejores momentos de mi vida profesional.




Aprobé las oposiciones un año después, en 1977. Hice los exámenes de oposición en Sevilla porque en Ceuta no se convocaron plazas. Aprobé a la primera y con 22 años, recién cumplidos, tenía mi primer destino provisional, como funcionaria, en el Colegio Valme Coronada de Dos Hermanas, a 17 km de Sevilla. Allí me estrené como maestra y fue allí , donde descubrí el disfrute de mi profesión. Comprobé que había acertado, y que el ser maestra era mi verdadera vocación, vocación que me acompañaría hasta mi jubilación .Tuve un quinto de primaria formado por 35 alumnos que despertaron en mí la ilusión por enseñar y por darle además de conocimientos, cariño y dedicación a sus deseos. Allí comencé con mis primeras obras de teatro, salidas extraescolares,  viajes de estudio y tantas otras actividades extraescolares y complementarias que me llenaron de satisfacción y me acercaron a un alumnado carente de actividades fuera del aula

Me dieron la plaza definitiva dos años después en 1980, en el pueblo minero de Aznalcóllar. En el mes de agosto visité ese pueblo perdido entre Sevilla y Huelva. Me recordó los pueblos vacíos de las películas del oeste porque un sol de justicia espantaba a sus habitantes y los hacía dormitar entre las pequeñas casas de la única calle que tenía el pueblo. Sólo tenía un centro de infantil  y primaria, C.P. Las Erillas,  con jornada partida de mañana y tarde. Me tocó, lógicamente , la tarde, un tercero, lo que nadie quería, por ser la última y la más joven del claustro .Recuerdo poco de ese segundo destino, sólo el cariño de mis compañeros  que me arroparon mucho en un embarazo de mellizos con riesgo de aborto, por lo que estuve más tiempo de baja que en activo.

En 1982 volví a pedir un nuevo traslado, y por supuesto,  tenía claro que volvería al pueblo que me acogió por primera vez y donde pasé momentos inolvidables. Dos Hermanas fue mi siguiente destino y allí trabajé en el mismo colegio, Valme Coronada, con adolescentes de sexto, séptimo y octavo, que no estaban muy alejados de mi edad y por lo tanto fue muy fácil conectar con sus gustos e intereses. La jornada laboral era de mañana y tarde, por lo que tenía la sensación de estar todo el día en el colegio envuelta en actividades escolares Disfruté de mis adolescentes compartiendo con ellos parte de sus intereses y preocupaciones,  y por primera vez, pude dar la asignatura que más me gustaba , la de Lengua y Literatura. Me realicé plenamente explicando a los escritores que admiraba, leyendo sus poesías y representando sus obras de teatro. El gran descubrimiento de esta época fue que a pesar de que ya era madre de mellizos, nunca me pesó ir al colegio, aunque el cansancio y el trabajo me desbordaban, descubrí que era, precisamente la escuela el lugar donde podía desconectar de mi papel de madre y de mis tareas domésticas y que allí, volvía a ser yo misma, la maestra que disfrutaba entre chiquillos, en el aula con olor a goma, a lápiz y a tiza. Aún, a pesar de los años, sigo manteniendo contacto con algunos de esos alumnos con los que compartí tantas vivencias y que con el tiempo se convirtieron en mis amigos.



La añoranza por mi tierra natal  hizo plantearme un nuevo cambio profesional. Quería volver a Ceuta, el lugar donde nací, donde había estudiado mi carrera y donde se encontraba mi familia. Era difícil obtener allí una plaza porque era una ciudad muy demandada, no sólo por los propios residentes, sino también por los penínsulares. Era un ciudad muy golosa por la diferencia de sueldo con respecto a la península. En 1985 concursé de nuevo, y cansada de solicitar plaza en Ceuta sin éxito, opté por acercarme a mi tierra y pedí Los Barrios, pueblo a pocos kilómetros de Algeciras y muy cercano a Ceuta.Me costó dejar mi querida Dos Hermanas, a mis alumnos,a  las familias, compañeros y amigos pero pronto me adapté al nuevo colegio, Maestro Juan González. Era un centro grande con tres líneas y jornada de manaña y tarde. Más de la mitad del claustro era de Ceuta  y la mayoría conocidos de mi promoción o de otras cercanas a la mía.Allí me encontré como en casa. Me dieron una vivienda de maestros que se separaba del colegio por un muro, por lo que mi vida transcurría entre la escuela y la casa en la que mis vecinos eran mis propios compañeros de clase. Nuevamente fui la más joven del centro, por lo que me tocó hacer de secretaria y me dieron el curso que nadie quería, el de los repetidores conflictivos .Le llamaban Curso del Certificado porque de allí, tras varios cursos repitiendo hasta los 16 años, podrían obtener el certificado de estudios primarios. No me importó, trabajé con ellos y conseguí que algunos obtuvieran su título. Al año siguiente volvi a dar de nuevo la segunda etapa y Los Barrios me dio la oportunidad de conocer otra forma de trabajar, con tan sólo cuatro centros se realizaban semanalmente coordinaciones intercentros que me enriquecían compartiendo experiencias y metodologías. Participé en muchos cursos de formación por estar el Centro de Profesores muy cercano y compartí mis experiencias educativas con otros docentes. El colegio Juan González supuso para mí , innovación, compañerismo, nuevos proyectos y dedicación plena a mi trabajo como docente. Fueron muchas las actividades que realicé por primera vez con mi alumnado, entre ellas la celebración del Carnaval tan arraigada a la provincia de Cádiz, donde participaba todo el claustro  y las familias.Mis compañeros fueron además mis amigos, disfrutábamos juntos tanto en el centro como en la calle, compartiendo tiempo de ocio y de trabajo.





A pesar de sentirme plena profesionalmente, no dejé de pedir todos los años mi ciudad .Por fin conseguí mi destino deseado en Ceuta en 1991 en el colegio Vicente Aleixandre. Por primera vez en 14 años que llevaba ejerciendo, pude impartir el francés. El centro era pequeño y de una sola línea. Volví a impartir también clases de lengua  en la segunda etapa. Era mi primera experiencia con alumnado de culturas distintas compartiendo el mismo aula. A pesar de haber nacido y vivido allí, me encontré con una ciudad desconocida para mí , al menos en el ámbito educativo. 

La adaptación a mi ciudad fue muy difícil porque la forma de trabajar y las metodologías que se llevaban a cabo, estaban a años luz de las que yo había impartido en Los Barrios. La jornada intensiva de mañana favoreció que la tarde la pudiera ocupar en cursos de formación y en asistir a la Escuela de Idiomas para perfeccionar mi francés. Hice una nueva especialidad de infantil en la Escuela de Magisterio, especialidad que me sirvió años después  para obtener una plaza en Marruecos.






Tuve un paréntesis de tres años en el que mi labor docente se paralizó porque en 1995 me ofrecieron una liberación sindical en CCOO. Supongo que ese ofrecimiento surgió porque siempre fui a todas las huelgas y manifestaciones que se hacían en defensa de nuestros derechos y alguien se fijó en esa maestra nueva que estaba siempre en movidas reivindicando justicia. Estuve en CCOO tres cursos llevando la acción sindical y la Secretaria de la Mujer. El  sindicato, a pesar de no conocer nada sobre el, supuso un gran descubrimiento. Aprendí mucho en esos años y valoré el trabajo del sindicalista, tan mal considerado. Viajé y asistí  a muchos cursos de formación. Conocí cómo era la educación en el resto de  España y en los otros centros educativos de Ceuta y sobre todo, afiancé mis ideales al estar con compañeros que compartían conmigo los mismos planteamientos educativos, sociales y políticos. Aquí fue donde empezó mi lucha por defender los derechos de la mujer, ya que comenzaban en España las primeras reivindicaciones, manifestaciones y actos para visibilizar el papel de la mujer en una, todavía, joven democracia .Fueron en estos años cuando aprendí a  hablar en público en asambleas, donde organicé cursos de formación para docentes y donde participé como ponente en jornadas con total convencimiento de la necesidad del cambio que había que llevar a cabo a nivel educativo y social en una España
 que no paraba de aprobar leyes educativas según el partido que gobernara.







En el año 1998, después de tres años de intensa actividad sindical, decidí volver al aula. Me examiné en Madrid de las plazas que se ofertaban para el exterior y aprobé. Conseguí una plaza en el colegio Jacinto Benavente de Tetuán por la especialidad de Educación Infantil. Fueron seis años de intensa actividad en esos niveles . Me estrené  en esa difícil etapa y descubrí, con gran sorpresa, que era la  más difícil por la que había pasado, pero a la vez , la que más satisfacciones me proporcionó. Trabajar con alumnado de tres a seis años, era una novedad para mí, y con la dificultad de que no hablaban mi idioma. El período de adaptación de tres años se hacía eterno por el llanto desconsolado de un alumnado que no se podía comunicar conmigo y que nunca antes había asistido a guarderías, ni se habían separado jamás de su entorno familiar. Disfruté de esos seis años, realizando con ellos múltiples actividades para el acercamiento de la lengua y la cultura española. El interés de las familias, el respeto y reconocimiento a la labor docente ayudaron a mi adaptación a otro país. Fueron años difíciles porque el horario era de mañana y tarde, sin apenas tiempo para descansar a mediodía. A mitad de semana volvía a Ceuta, haciendo un recorrido de 40 kilómetros de ida y vuelta y con una frontera donde las colas eran interminables, pero solo recuerdo los besos y abrazos de mis pequeños a la entradas y salida del colegio , que me compensaban de tantas dificultades.





Después de ejercer seis años en Marruecos, se terminaba nuestra adscripción en el exterior y era obligatorio concursar de nuevo. Volví a Ceuta y quise probar en otros niveles de la enseñanza, ya que la agotadora actividad en infantil me había dejado exhausta y necesitaba un cambio. Solicité una plaza en un centro de adultos y tuve la suerte de conseguirla.

En el 2004 mi nuevo destino fue el Centro de Adultos Miguel Hernández en horario de tarde y noche. Lo que en un principio, el horario pudo ser un inconveniente, cuando fueron pasando los días,  me proporcionó la ventaja de disfrutar de las mañanas libres, ventaja que nunca había tenido en muchos años. Me propusieron dar, como novedad en el centro, el Español para Extranjeros, debido a mi experiencia en la enseñanza de esta materia en Marruecos. Enseñar el español a personas adultas me proporcionó una nueva experiencia, que no suponía grandes esfuerzos, por ser personas que venían a aprender de  forma voluntaria y con un gran interés. No había esos recreos bulliciosos y agotadores, no había padres y madres demandando una continua información y había una gran flexibilidad de horarios, un agradecimiento diario a mi trabajo y una afectividad desmesurada ante cualquier esfuerzo que hacía para que aprendieran. Además de enseñar el español, debía de alfabetizar porque , en su mayoría, se trataba de mujeres musulmanas analfabetas, que además de no comprender, ni hablar el español, no sabían ni leer ni escribir. Era algo parecido al trabajo que realicé en Tetuán , con la diferencia que el alumnado era una verdadera esponja que todo lo asimilaba y aprendía en poco  tiempo. En este caso, se trataba de mujeres que, en su mayoría, iban y venían a diario desde el norte de Marruecos para trabajar como empleadas de hogar. Tenían mucha  dificultad para aprender la lengua por la falta de estímulos externos. También había  mujeres de Ceuta, de las zonas periféricas que no habían salido del barrio o que abandonaron la escuela en edades tempranas.  La metodología y los recursos empleados para conseguir el objetivo deseado, eran muy distinto a los anteriores, así como el tiempo empleado. El ritmo de aprendizaje no era el mismo en cada alumna, por lo que había que impartir una enseñanza más individualizada. La necesidad de ofrecerles otra visión del entorno en el que vivían y el de ofrecerles modelos distintos de los  que tenían en su vida diaria, me motivó para trabajar con ellas muchos temas transversales relacionados con la igualdad de género y la interculturalidad, así como el realizar salidas y excursiones tanto dentro , como fuera de la ciudad, estas  actividades eran de gran importancia,  ya que la mayoría de ellas no habían salido nunca del barrio donde vivían.







En el verano del 2009 me llamaron desde el Ministerio de Educación para ofrecerme la dirección de un colegio de primaria. Mi sorpresa fue muy grande cuando me dijeron que se trataba del mismo centro, CEP Vicente Aleixandre, donde había ejercido antes de irme a Marruecos. El colegio se había quedado sin dirección, al dimitir la directora, y ningún miembro del claustro quería asumir esa responsabilidad. En un principio dije que no. La presión fue muy grande, amparándose de que era un centro que ya conocía y que sería solo por un año. El dejar a mis alumnas, donde el progreso de su aprendizaje era notorio,  y la situación laboral cómoda que tenía me hizo rechazar el ofrecimiento , pero el Director Provincial de entonces, no se conformó con ello y siguió insistiendo. Le puse como condición que aceptaría si me iba con mi propio equipo directivo, al menos con la jefa de estudios. Aceptó y yo se lo ofrecí a una amiga y compañera que le acababan de dar como nuevo destino Ceuta. El 1 de septiembre del 2009 me presentaba en mi antiguo centro de primaria, como directora del mismo. El colegio que me encontré no tenía nada que ver con el que dejé en el 98. Sólo había cuatro compañeros de la antigua plantilla, el resto era profesorado nuevo y más joven .El alumnado musulmán había aumentado considerablemente y todos vestían de uniforme. Procuré ,en un principio, continuar con las mismas normas de funcionamiento que se habían llevado con el anterior equipo directivo y acepté con entusiasmo todos aquellos proyectos que estaban incluidos en la Programación General del Centro. Era un colegio pequeño con implicación de las familias que en su mayoría eran de una clase media baja y con un alumnado nada conflictivo. A lo largo de mis años como docente había desempeñado distintas funciones, pero nunca quise ejercer como directora, por lo que la misión que tenía por delante iba a ser difícil y de mucha responsabilidad. Mi objetivo  sería hacer un centro en el que lo principal sería atender las necesidades del alumnado e incluir a las familias en el proceso educativo. Esta oportunidad me llegó sin pedirla. El Centro de formación del profesorado de la ciudad me ofreció poner en marcha un proyecto de transformación de centro y convertirnos  en una Comunidad de Aprendizaje, bajo las premisas de la escuela inclusiva de Ramón Flecha. Tras la aprobación del claustro, del Consejo Escolar y de muchas jornadas de formación, comenzamos esa transformación y durante los seis años que estuve ejerciendo como directora el colegio se abrió al barrio con implicación de las familias y de distintos agentes externos que participaron activamente en todas las actividades que llevamos a cabo .Esos años fueron muy enriquecedores porque además de liderar un proyecto en consonancia con mis ideales educativos ,me dieron la oportunidad de conocer y valorar la dedicación generosa que hacen las mayoría de los directores para sacar adelante el funcionamiento de los centros educativos. Fueron años de mucho trabajo, pero llenos de ilusión donde conocí el funcionamiento de la administración y aprendí que lo más importante de  todo proceso educativo es atender al alumnado y poner a su disposición todos los medios necesarios para que todos tengan las mismas oportunidades independientemente de su clase social o de su religión.






Después de seis años de una gran dedicación a mi labor como directora, me planteé que debía volver a ser la maestra de siempre y ejercer mis funciones como docente para no olvidar mis verdaderas raíces, así que no renové mi cargo y volví de nuevo a mi centro de adultos Miguel Hernández. Aquí continué trabajando en los niveles más bajos de alfabetización pero impartí también, como novedad en mi práctica docente, el área de Sociales en primero y segundo de Educación Secundaria. Conocer este alumnado que representaba el fracaso escolar de todos los institutos de Ceuta, volvió a suscitar en mí una nueva ilusión por la enseñanza y sobre todo un nuevo reto. Era en su gran mayoría alumnado musulmán que no había superado la enseñanza obligatoria en sus antiguos institutos y que se proponía sacar este título en el centro de adultos al cumplir la mayoría de edad. Estos alumnos tenían el inconveniente que casi todos habían sido absentistas, sin ningún interés y con escaso nivel educativo 

A los dos años de mi retorno al centro de adultos cambió el equipo directivo y me propusieron la Jefatura de Estudios, supongo que por mi  experiencia como directora en el colegio anterior. Ejercí  este cargo durante cinco años  y compaginaba esta función con las clases de español y alfabetización en los niveles más bajos. Realmente lo que más satisfacciones me producía era el contacto con mis alumnas y mi labor como docente. Como Jefa de Estudios coordiné todas las actividades extraescolares del centro, y fueron muchas las que se llevaron a cabo para enriquecer y formar a un alumnado con muchas necesidades culturales, tanto por el desconocimiento de la lengua como por su lejanía al entorno social de la ciudad.









Este, mi último curso 2024-25, anterior a mi jubilación, decidí dejar el cargo de Jefa de estudios, después de cinco cursos, y terminar mi último año, igual que empecé en el año 1977, como maestra , que es como realmente me he sentido realizada en mi profesión.

Para finalizar este relato, que  son pinceladas de estos 48 años de maestra, solo puedo decir que mi vida profesional me ha llenado de enormes satisfacciones y que nunca me arrepentí de haberla ejercido. El cariño y reconocimiento de mi alumnado ha sido la gran recompensa a las dificultades encontradas en el camino.

 Educar no es solo aportar conocimientos a nuestro alumnado, es también un acto de amor hacia él.